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Respira Alegría también con las mujeres de la Asociación Lligam

viernes 21 de octubre de 2011

 

El Programa Respira Alegría, que ofrece clases de yoga gratuitas a personas sin recursos y en exclusión social ofrece sus clases también en la Asociación Lligam. Ésta es una asociación para la reinserción social, nacida en 1992 en Barcelona con el objetivo de dar atención residencial y socioeducativa a mujeres sin soporte familiar o social, y en situación grave o riesgo de exclusión. La finalidad de Lligam es buscar los recursos necesarios para hacer posible la inserción social de las mujeres. Desde antes de verano Alicia, una de nuestras voluntarias, viene trabajando con un grupo de mujeres en Lligam, donde actualmente se realizan clases de yoga semanales dentro del marco del Programa Respira Alegría. Aquí Alicia nos cuenta sobre su experiencia compartiendo con las muejers de Lligam.

 

Por Alicia Salgado

Luna ha tenido un accidente hace años; me dice que se le rompieron las piernas, y las rodillas le quedaron tan mal que tiene afectada la circulación de en una de ellas. Me enseña la pierna amoratada, llena de varices. Parece que esté a punto de reventar. También tiene dañada la espalda, pero lo peor son las piernas, me dice.

 

Sol no le va a la zaga, también tuvo un accidente de coche. No explica más. Tiene la espalda muy mal, algunas vértebras afectadas, las cervicales le duelen, y un nervio afecta a su cadera y a su pierna. Me dice que no puede levantar los brazos por encima de la cabeza, y tampoco sentarse en postura fácil. No obstante, quiere hacer yoga.

 

Tierra es extranjera, delgada como un junco, hermosa y muchas veces ausente. No sé si no entiende bien el idioma o es que vuela tanto que se evade continuamente a un lugar secreto. La traigo de vuelta cuantas veces puedo. He de repetir otra vez lo que acabo de decir, pues ella no suele estar con nosotras.

 

A Mar la he visto sentada con su hija adolescente. Mirada furtiva. Siento su desconfianza. No llego a saber de sus males, pero más tarde comprobaré que tiene heridas profundas, invisibles, de las que no se detectan con una radiografía. Son heridas del alma.

 

Cuando sentí la necesidad de ayudar a alguien, de llevar el yoga más allá de los lugares habituales, pensé de inmediato en las mujeres maltratadas, las víctimas de violencia machista. Y busqué una casa de acogida. La encontré en mi mismo barrio, una casa que también amparaba  a mujeres procedentes de prisión o en riesgo de exclusión social. Su origen me daba igual. Sólo quería ayudarlas a que conocieran un posible camino de vuelta a casa, a ellas mismas, a redescubrir su poder personal, a que encontraran en sí mismas el refugio, la seguridad y solidez, un lugar donde nadie podría llegar sin su consentimiento. Y lo mejor de todo: que  sintieran que ese lugar reside en ellas mismas.

 

Pero más allá de palabras, de utopías, de ideas románticas, estaba la realidad. Y esa realidad la tenía ante mí, delante de mis ojos, con unas mujeres que apenas se podían sentar como yo decía, que no podían elevar sus manos al cielo, que sufrían al hacer según qué movimientos, que no se atrevían a proyectar su voz al cantar, que me miraban con desconfianza levantado un muro de precaución insondable y mudo. No contaba con ello. Mi idea romántica de aquella labor no me previno de la realidad. Ahora tenía ante mí aquel pequeño ejército maltrecho, herido, aunque no rendido, que esperaba expectante ante mí. No lo había previsto.

 

El ejército herido quería hacer yoga; yo lo había anunciado y ellas querían probar. Hasta ese momento, dar clases era relativamente sencillo, con apenas las dificultades habituales que se encuentran los principiantes. Supe de inmediato que las clases tenían que ser diferentes, que se habían de acomodar a ellas, a sus necesidades, a sus dificultades. Así que si no hacia una kriya completa no pasaba nada; si no cantaban el mantra entero no pasaba nada…  Debía ir poco a poco introduciéndolo todo, al ritmo de ellas.

 

Podría haberme amilanado, pero por alguna razón misteriosa no lo hice, y dejé que mi corazón me guiara, poniendo todo mi amor en aquella labor, en las clases de yoga en la casa de acogida. Las soluciones llegaron por sí solas, encontré taburetes para que algunas pudieran sentarse en postura fácil y adapté los ejercicios a ellas. También adecué asanas a las dificultades de cada una. Mi imaginación, mis recursos, parecían ahora ilimitados. Supongo que recibo la información apropiada a través de un hermoso y sólido hilo dorado. No tengo miedo, sé que las soluciones llegarán solas, casuales, firmes pero flexibles. Stira sukha, como nunca jamás lo había vivido.

 

Observo que la directora de la casa ya no me mira seria y con desconfianza; ahora su actitud es decididamente amigable, parece que ya confía en que aquella mujer que hace tres meses llamó a su puerta para proponerle hacer yoga no busca nada extraño, no tiene intereses ocultos.

 

Son pocas las mujeres que se han apuntado a las clases. Es más, Mar sólo vino el primer día. Ignoro si se asustó, quizá algo se removió dentro de ella, lo comprobé cuando la oí llorar durante la relajación en la que fui guiándolas en la primera clase. Intenté acompañarla en ese momento, acariciándola en silencio, pero nunca sabré si le sirvió para algo. Y ahí está mi lección, mi gran aprendizaje: hacer sin esperar resultados, sin necesitar el reconocimiento del otro, sólo poner todo mi corazón en ello. El amor es la llave que abre todas las puertas.

 

A la vez que doy clases de yoga recibo clases incatalogables, de inmenso valor. Confieso que he aprendido a dar sin esperar nada a cambio, ni un simple reconocimiento, ni tan sólo un gracias. Me entero de que les gustan las clases porque están allí de nuevo, delante de mí, porque me lo explican las educadoras. Ellas no dicen nada. Yo les doy las gracias por venir, y es ahora que me retornan su agradecimiento. Pero es igual, he aprendido a no esperar, a no necesitar el reconocimiento a mi labor, sólo me importa que ellas sientan algo, que estén tranquilas un momento, que disfruten cuando las guío en una relajación, o cuando hago vibrar un cuenco tibetano encima de su cuerpo. Sólo importa que recobren su seguridad, que sientan su propio poder.

 

Poco a poco se atreven a cantar un poco más alto. Bajo la música para que se oigan a sí mismas, pero aún les cohíbe enfrentarse a su propia voz, y vuelvo a subir el volumen para que canten sin temor. Ahora ya empiezan a hablar, a abrirse un poco a mí, a comentar sus enfermedades. Tierra habla poco, pero es la que más manifiesta que disfruta en las clases; es ella quien trae el incienso y enciende unas velas. Me enternece verla entrar buscando un lugar donde poner las varitas de incienso, buscando una cerilla, prendiendo un fuego efímero con la que espantar el efluvio del miedo y los fantasmas del pasado.

 

Hace poco, mientras me iba, una mujer me dice que quiere venir a clase. Es una mujer mayor a la que las propias educadoras habían descartado. Le digo que sí, que venga, y ella me explica sus enfermedades, sus imposibilidades. Y yo le digo: ¡pero si estás estupenda de cintura para arriba!

 

Hace un tiempo que ya hacemos kriyas enteras, ya cantamos completo el Adi Mantra. Les he propuesto cantar sus nombres y la cara se les ilumina, mezcla de vergüenza e ilusión.

 

¡Bien por este pequeño ejército de seres de luz! Tienen ganas de luchar, ilusión por la vida. Esta es mi recompensa.

 

 

Alicia Salgado

Equipo World Prem

 

 

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